Del “ataque sónico” a las microondas en Cuba, la saga de inconsistencias del Departamento de Estado.

Tomado de: Granma

Cuando parecía que había llegado al límite, esta semana se volvió aún menos creíble la historia de un grupo de diplomáticos estadounidenses que supuestamente enfermaron en Cuba.

Estados Unidos considera ahora a las ondas de microondas como las “principales sospechosas” de los síntomas reportados por miembros de su personal de la Embajada de La Habana.

En menos de dos años se ha pasado de “ataques acústicos” a virus y de conmociones cerebrales a ondas de microondas, sin que se presente una sola evidencia concreta.

El New York Times publicó el sábado 1 de septiembre un artículo titulado “Armas de microondas son las principales sospechosas de la enfermedad de los funcionarios de la Embajada de Estados Unidos”.

Douglas Smith, director del Centro de Lesiones Cerebrales y Reparación de la Universidad de Pensilvania, aseguró al diario que los supuestos afectados sufrieron lesiones cerebrales y las microondas están en la mira de los investigadores.

Las reflexiones de Smith reciben una gran atención, pues es uno de los autores que ayudó a escribir el artículo sobre el brote de la misteriosa enfermedad en Cuba en la Revista de la Asociación de Medicina Estadounidense (JAMA, por sus siglas en inglés).

Sin embargo, el reporte de JAMA de febrero pasado  no hace mención alguna a las microondas, un tipo de onda muy presente en la vida moderna.

Los teléfonos móviles y lo hornos para calentar la comida se cuentan entre los múltiples equipos que utilizan las microondas.

“Ninguna teoría sin fundamentos resistirá por mucho tiempo el escrutinio público y científico, y esta se desmoronará por sí misma, como ha pasado hasta ahora”, dijo al diario Granma el director General de Estados Unidos de la cancillería cubana,  Carlos Fernández de Cossío, respecto al último intento de Washington por justificar sus acciones.

“Lo que sí se ha demostrado es lo que científicos de Cuba, Estados Unidos y otros países sostienen y que el Gobierno de la Isla está diciendo desde el principio, es que es falsa la existencia de ataques y eso lo sabe perfectamente el Gobierno norteamericano, porque ha tenido múltiples maneras de comprobarlo”, añadió.

Fernández de Cossío dijo que “el uso del término ataque entraña una manipulación política deliberada que cumple con una agenda predeterminada y perjudica a ambos países”.

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Por su parte, Mitchel Valdés-Sosa, director General del Centro de Neurociencia de Cuba y miembro del Comité de Expertos cubanos que se estableció  para estudiar las alegaciones estadounidenses, señaló que resulta llamativo que esta historia llegue justo cuando crecen los cuestionamientos, en Estados Unidos y a nivel internacional, sobre el artículo de la revista JAMA que en primer lugar estableció el supuesto daño cerebral.

“Ya no pueden sostener que la causa es el sonido y están tratando de argumentar que se trata de microondas”, dijo al sitio Cubadebate.

Incluso esta hipótesis de las microondas, de acuerdo con el científico cubano, se basa en que todos los diplomáticos están enfermos o que sufren los efectos de un agente externo único. “Eso es cuestionable”.

Valdés-Sosa sostiene que que si uno mira cuidadosamente la evidencia médica presentada hasta el momento, aunque es muy escasa, resulta claro que no existen pruebas conclusivas y la variedad de síntomas presentados puede responder a múltiples causas ajenas a  Cuba, como puede ser la hipertensión o traumas anteriores.

Respecto a la posibilidad de que las microondas puedan causar el tipo de efectos que sostiene el New York Times, Valdés-Sosa tampoco se muestra convencido.

“Hay una literatura muy especulativa, muy tipo expedientes X o de teorías de la conspiración, que establece que las microondas se han utilizado para hacer daño a la salud”, dijo. “Ni siquiera las agencias de los Estados Unidos lo aceptan como algo válido”.

“Pensamos que es un barraje propagandístico y no hay evidencias sólidas que lo apoyen”, concluyó respecto al escrito del New York Times.

El sociólogo médico del Botany Downs Secondary College de Nueva Zelanda, Robert Bartholomew, coincide con su colega cubano.

En un reciente artículo, Bartholomew critica que el texto de JAMA haya incluido frases como “debemos continuar reteniendo información sensitiva” y “a pesar de la naturaleza preliminar de los datos”.

Siempre que los científicos piden guardarse información y que confíen en ellos,se dispara una señal de alerta roja, señaló.

El estudio de JAMA, agregó, está lleno de fallas y aseveraciones sin sustento en los datos. “El hecho de que comenzaran el artículo apuntando que su objetivo era describir las manifestaciones neurológicas que sucedieron a la exposición a una fuente de energía desconocida, nos dice todo lo que necesitamos saber”.

Esta declaración demuestra una falta de rigor científico desde el comienzo, dijo.

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Respecto a la nueva teoría de las microondas, Bartholomew también la descarta.

“La problemática de esta hipótesis es que requeriría un transmisor masivo y el blanco tendría que estar muy próximo a la antena. Esto no es factible, sencillamente”, dijo.

El mal manejo de este caso por parte del Departamento de Estado es una receta para que lo que el científico llama “El susto de los ataques acústicos” (o “el pánico a las microondas”).

“Los Estados Unidos tienen más de 300 embajadas físicas, consulados y misiones diplomáticas alrededor del mundo, con miles de empleados, desde Afganistán a Zimbabwe. Todos ellos están ahora en la búsqueda de vagas señales de enfermedad relacionadas con el sonido”.

Este es un escenario clásico de histeria colectiva, señaló. “El terreno ha sido preparado para futuros ataques por la vía de la sugestión masiva. Como resultado, esta saga parece destinada a continuar sin un fin a la vista”.

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